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lunes, 30 de agosto de 2010

30 de agosto de 2010


Eso significa que la papafrita tiene treinta y diez, y que llevamos tres años casados.

Hoy en día, “esa edad” no tiene nada que ver con lo que significaba hace 50 años, un hombre o una mujer están en la plenitud, las goteras son pocas, se ha alcanzado la madurez y con algo de suerte en buen estado físico.

Ángela no ha tenido una vida fácil, es verdad, pero creo que es feliz con todas las peculiaridades de la palabra, la lucha diaria es importante, ya sabéis la familia que formamos y además está el trabajo fuera de casa. Para colmo, los dos últimos años han sido terribles en el entorno familiar. A pesar de los pesares, es capaz de ilusionarse por la vida, de disfrutar los momentos de relajación, de entregarse en su maternidad, en su amistad, en su amor. Tiene proyectos ilusionantes en mente, que si Dios quiere se harán realidad más pronto que tarde, en fin, desde luego no tiene una vida aburrida ni vacía.

En cuanto al físico, que queréis que os diga si yo estoy enamorado de ella, los que la conocéis tendréis vuestra propia opinión. A mí, que no me la cambien.

Y como os decía, hoy hace tres años de uno de los días más felices de mi vida, fue una boda preciosa, Ángela estaba radiante, nos acompañaron nuestros amigos (sin compromisos) y muchas de las personas que más han significado en nuestras vidas. Los niños eran felices y eso es mucho, más en nuestras circunstancias.


A continuación os pongo el texto que leyó nuestra “Hada Madrina” el día de la boda.


El amor no es cosa de perezosos. Ni de pesimistas.
Ni de cobardes. El verdadero amor no puede ocultarse.
Donde hay amor, salta a la vista: si el primer coche
que comprais como pareja es un monovolumen,
de siete plazas, eso es amor...

El amor nos hace generosos. ¿Qué otra cosa aparte
del amor haría que dos personas adultas, en pleno
uso de sus facultades mentales, decidan compartir
su cuarto de baño con una cria y cuatro críos?

El amor se retroalimenta: cuanto más amais,
más capaces sois de amar. Y así demostrais que
un mundo mejor es posible.

Y, sobretodo, cuando después de un día agotador
(lleno de kms. de carretera; desayunos para cinco;
ejercicios de matemáticas; ayudar a crecer como
personas; olla exprés de casi 20 litros; música de
Rebeldes en el CD; escucha atenta; siesta en un
sofá compartido...) por fin llega la noche, se
apagan las luces y la casa se queda en silencio,
es el amor quien, lejos de cegaros, os
permite miraros al corazón y -a la luz de
unas velas-, con mariposas en el estómago,
como dos crios enamorados, hacer del resto
de vuestros días un proyecto común...